N.º 75 - La «colonia» y sus ciudadanos
comentarios a la narrativa colonial y sus consecuencias.
¿Cómo va la demanda para reconocer nacionalidad española a cubanos? Entrevista de Tania Costa (Cibercuba)
En esta segunda entrevista con Tania Costa (Cibercuba) explico cómo ocurrió la desnaturalización masiva y forzosa de ciudadanos españoles de origen por operación del artículo IX del Tratado de París de 1898: los nacidos en Cuba eran españoles de origen, gozaban de los mismos derechos políticos que los residentes en la península; sin embargo, durante las Conferencias de París en las que se «negociaba» el tratado definitivo de paz, la Comisión estadounidense impuso el texto del artículo IX a pesar de las sostenidas protestas de Eugenio Montero Ríos, a la sazón, presidente de la contraparte española. Resulta que a siglo y cuarto de vigencia de dicho tratado, la noción de la nacionalidad española de los cubanos, resulta para nosotros, no ya una novedad, sino una proposición que provoca rechazo en algunos, entre otras razones, porque desmonta varios de los mitos que alimentan el nacionalismo cubano. Dicho en otras palabras: el Estado cubano se sostiene en una lógica moral que presupone el desamparo o la desidia de España con respecto a una Cuba que, en este anecdotario nationalista, tiene que ser una colonia en el sentido más denigrante y limitador.
El éxito casi absoluto de la etiqueta «colonial», y del repertorio de presuntos agravios de España, y por extensión, los españoles, contra los cubanos, no se explica por la robustez de la evidencia histórica —que es débil—, ni por su fortaleza ideológica —cuyos argumentos han sido sistemática, cumplida y repetidamente refutados—, sino por su eficacia política. Insisto en desmontar una de estas premisas ideológicas con las que nos han marcado, como si fuésemos ganado, antes incluso de que podamos tener uso de razón. Cuba no fue una «colonia» en el sentido extractivista y discriminatorio del que se abandera el nacionalismo. Sin embargo, en la Cuba de la Restauración, los cubanos elegíamos representantes al parlamento de la nación a la que pertenecíamos y teníamos voz y voto en la vida local. La España moderna —el Estado constitucional español— nace con los cubanos dentro, como ciudadanos españoles de pleno derecho, lo cual hace tanto más injusto su expulsión del seno político de la patria, expulsión que se mantiene en nuestros días, perpetuada, por ejemplo, por la Consulta de la Dirección General de Registro y el Notariado de 2007.
Insisto también: la independencia es una medida de última ratio, o sea, extraordinaria, porque implica un reacomodo, a veces bastante abrupto, de relaciones previamente consolidadas, y porque en ocasiones devienen ajusted violentos, con importantes pérdidas de vidas. En el caso cubano, la coartada colonial funciona de manera estupenda para justificar la independencia, como si fuera una salida moralmente obligatoria. Aquí opera nuevamente la dicotomía «cabrón de la vida/comemierda» que explicó Guillermo Rodríguez Rivera en su Por el camino de la mar o nosotros los cubanos, citado en el N.º 74 de esta publicación, sólo que, en lugar de ser un individuo, toma forma de cierta relación moral colectiva, en cuya virtud, el colectivo de españoles es solidariamente responsable frente al colectivo de cubanos, por ciertos agravios, explotacoines, represiones, etc.
Todo cubano siente, desde algún lugar de sí, ese reclamo del honor que le insufló el mulato Maceo, el hombre al que él creció oyendo llamar el Titán de Bronce. Pero aquel viejo «que no me jodan», alimentado por muchos años de frustraciones, viene también desde algún lugar de su conciencia para contribuir a la conformación de su ética, que no es únicamente la de tiempos de guerra.
(…) Ello, a fin de cuentas, cimenta su fama de «cabrón de la vida», que es una suerte de envés del «comemierda»—lo pongo en el modo en el que él lo dice, y que resulta muy grosero para un extranjero—es acaso lo peor que, para él mismo, pueda ser considerado un cubano.
El «comemierda» —continúa Rodríguez— es un «perdedor» no por sus defectos intrínsecos, sino porque es manipulado, porque alguien lo usa para su beneficio. El «comemierda» no es que lo sea esencialmente, sino que «lo cogen de comemierda». Hay un error en su apreciación, una tonta ingenuidad en su conducta que el otro le induce a ejercer o que el otro utiliza para aprovecharse de ella. Ser «cogido de comemierda» implica una derrota que daña hondamente la autoestima del cubano.4
Llamar a Cuba «colonia» equivale a decir: «nos cogieron de comemierda». La historiografía sitúa a todos los cubanos y sin hacer mayores distingos, en la categoría de víctimas, urgidos de un presunto derecho de desquite que necesita, por definición casi existencial, fabricar un culpable: España/los españoles; que convierte la excusa de la independencia en un imperativo moral kantiano, una salida obligatoria, ineludible, y que descalifica toda disidencia como traición. Para mayor pudor, la voraz propaganda nacionalista se apropió (como se apropia hoy) indebidamente del gentilicio cubano, de tal suerte que, al oponerse al de español, genere apartamientos. Los cubanos dejamos incluso de reconocernos como españoles, todo lo cual ha contribuido sin dudas a profundizar esa deriva o ese corte artificial que produjo la la entrada en vigor del Tratado de París pero en particular, su artículo IX, porque antes de dicha vigencia, todos los españoles de Cuba eran cubanos y todos los cubanos eran españoles.
La operación retórica es simple y diabólica: para vender una ruptura extrema necesitas razones extremas. De ahí el guion: «España oprime, desprecia, conculca derechos». La rapidez con que ese postulado se impone se debe, por un lado, a una campaña publicitaria agresiva y sistemática organizada por el PRC, dirigida con precisión desde la Delegación en Nueva York, que se alimenta de la red de intelectuales y publicistas que Martí había tejido —una auténtica maquinaria de persuasión transnacional, capaz de convertir una opción política en destino inevitable. Y, por el otro lado, se explica por el retraimiento y la fatiga estratégica de la diplomacia española, que sale maltrecha de dos guerras civiles: la de Cuba y la Tercera Carlista. Con un Estado exhausto y una narrativa insurgente en modo ofensiva permanente, el marco interpretativo «colonial» no triunfa porque sea verdadero: triunfa porque quedó sin rival serio.
Por último: con asaz frecuencia publican los periódicos españoles, tanto peninsulares como antillanos de fines del XIX, actos de violencia entre cubanos y españoles, generalmente iniciados por los cubanos contra los españoles, por el simple hecho de ser españoles, con el uso del tristemente célebre machete, machete p’arriba y machete p’abajo, y machete pa to’el mundo. Esos hechos, tomados en su conjunto, y perpetrados a suficiente escala pueden constituir la manifestación física del odio al español que venían desarrollando los grupos rebeldes bajo sus órganos de publicidad, como Patria.
Ese odio al español, una vez establecida la república se convierte en política de Estado. Habría que hablar de la Ley Secades, una ley de 1919 que autorizaba al presidente de la República a despedir a toda persona que, antes de la independencia hubiese apoyado al elemento español.
Luego entramos en la fricción identitaria: si reclamar ciudadanía española te convierte en «antipatriota». Mi respuesta es simple: una cosa no quita la otra. Ser cubano no se anula por reconocerte parte de una tradición política más amplia, igual que un gallego no deja de ser español por ser gallego. Critico el nacionalismo por su lógica de «soy distinto, por tanto necesito un Estado para mí», y defiendo que la cultura —comida, música, costumbres— no prueba la necesidad de una nacionalidad distinta.
Algo más sobre el arquetipo mambí: no puede ser el único molde de nación y que, como se ha contado y glorificado, institucionaliza la violencia. No lo digo para insultar a nadie ni para negar complejidades, sino para exigir una relectura: si queremos un país viable, no podemos construir identidad política sobre el saqueo elevado a epopeya. Y sí, soy consciente: «con eso en la isla ya estaría fusilado». Hay que abrir el debate donde se prohíbe debatir.
La entrevista aterriza después en lo práctico: explico que la demanda busca que un tribunal español examine la constitucionalidad de ese artículo IX y que, si es necesario, el recorrido puede llegar más arriba (constitucional, instancias europeas). Pero esto no lo gana un individuo. Si no se vuelve un estado de opinión, no hay fuerza social que empuje. ¿Qué necesitamos?: difusión, presión cívica y, donde haya comunidad cubana con capacidad política (España incluida), el voto: porque así funciona el poder, nos guste o no.
En relación con la recién agotada LMD, se habla del desastre documental que enfrentan los cubanos con la Ley de Nietos: en Cuba no basta con «soy nieto». Hay trabas adicionales, registros dispersos, archivos difíciles, y un sistema que parece diseñado para agotar a cualquiera. Yo recomiendo método: poner los documentos sobre la mesa, reconstruir hacia atrás (nacimientos, bautismos, impuestos, protocolos notariales, archivos militares, consulados), y dejar la narrativa para después. El funcionario no evalúa cuentos: evalúa papeles.
Aclaramos además un punto sensible: esto no es solo cosa de blancos. Tras la extensión del marco constitucional a Cuba (1881 y el principio de ius soli), los nacidos en Cuba —salvo hijos de extranjeros— eran españoles; y que la ruptura de 1898 fue artificial. Se toca también el tema de las bisabuelas: una española podía perder nacionalidad al casarse con extranjero, pero el cubano no encaja como extranjero en ese régimen histórico; por tanto, el argumento de pérdida no debería operar igual.
Cierro con dos ideas que repito porque me parecen decisivas. 1ª: esto no es solo «conseguir un pasaporte»; se trata aquí de recomponer nuestras historias individuales, y por extensión, las de los pueblos a los que simultáneamente pertenecemos, al resarcir, con un merecido reconocimiento y con arreglo a Derecho, la nacionalidad originaria de una parte del pueblo español que fue ilegalmlente cercenado de su cuerpo político; si con ello, esos españoles cuyos derechos de toda clase han sido conculcados, pueden recobrar su nacionalidad, y con ella, su libertad, no habrá en la historia escrita un acto mayor justicia, y que ese acto, lo escriba España, y concretamente los españoles de esta generación, sería motivo de verdadero orgullo por generaciones. 2ª: la existencia de la demanda judicial, por sí sola, no podrá prevalecer contra el statu quo, alimentado por diversos intereses, entre ellos, el peso de más de un siglo de intereses geopolíticos acumulados, y otro tanto de desidia. Por lo tanto, el éxito depende esencialmente de que podamos, en principio cubanos, boricuas y españoles, articular un estado de opinión que nos obligue a salir del existenciario virtual que hoy ocupamos.
Aquí te dejo la primera entrevista con Tania Costa, publicada el 29 de septiembre de 2025 en nuestro canal de YouTube:


