N.º 95 - En una Cuba española…, ¿qué hacemos con la bandera de Narciso López?
y terapia de choque para una nación en ruinas... de Rolando Gallardo
Una respuesta a una pregunta. Un amigo de este foro me hizo una de las preguntas más serias, genuinas y legítimas que he recibido desde que comencé a ocuparme con mayor intensidad de la injusticia producida por el Tratado de París de 1898:
Hola Maikel, quisiera saber qué piensas o qué sientes sobre la bandera actual de Cuba. Yo personalmente siento repulsión por ella, no acepto que me represente y no quisiera verla como parte de una nueva Cuba, sino solamente como el recuerdo de una historia dolorosa. ¿Cómo la ves tú?
La pregunta es interesantísima, entre otras razones, porque plantea una interrogante que pone en evidencia el problemático origen de la que hoy se considera bandera nacional pero que, al mismo tiempo, lleva más de siglo y medio asociada a Cuba. Una entrevista publicada en CiberCuba, da cuenta de su valoración estética, y reza: «La bandera cubana es una obra maestra del diseño».
Lo sigo pensando. La bandera atribuida a Narciso López y Miguel Teurbe Tolón posee una composición extraordinariamente eficaz. Es sencilla, reconocible a gran distancia, equilibrada y difícil de confundir con otras enseñas. Su calidad como diseño, sin embargo, no resuelve la cuestión moral de su origen, que merece sin dudas un debate.
I. Una bandera es un trapo
Conviene comenzar despojando a las banderas de la falsa sacralidad con la que suelen revestirlas los ceremoniales de Estado y los nacionalismos, porque por ambas ramas nos llega a los cubanos ese carácter sacrosanto. Una bandera es, físicamente, un pedazo de tela, o sea un trapo, sobre el que se disponen determinados colores y figuras y cuyo propósito puede ser representar un cuerpo nacional, un cuerpo político, o ambos, sin perder de vista que sigue siendo un trapo, de esa manera evitamos el fetichismo que transforma la bandera en una especie de objeto sagrado, inmune a la crítica y merecedor de reverencias obligatorias.
La bandera, junto con otros símbolos en su sentido más convencional, en tanto creaciones humanas, quedan sujetos también al capricho de quienes los instituyen, reinterpretan, disputan o reemplazan conforme cambian las necesidades de legitimación de cada época, razón por la cual deben someterse al cuestionamiento que exige el rigor histórico y la búsqueda de la verdad.
II. Estado, nación y libertad individual
Estado y nación no son términos equivalentes. El Estado es una organización jurídico-política: un conjunto de instituciones y mecanismos de autoridad que actúan sobre una población y un territorio. La nación, en cambio, es una comunidad histórica cuya existencia depende de elementos culturales, psicológicos y sociales: recuerdos compartidos, formas de vida, vínculos de procedencia y cierta conciencia —real o imaginada— de continuidad y destino común.
Ambas realidades pueden coincidir, pero no tienen por qué hacerlo. Existen Estados que contienen varias comunidades nacionales y naciones repartidas entre distintos Estados. También existen símbolos que, al mismo tiempo, representan jurídicamente a un Estado y socialmente a una comunidad histórica. Eso ocurre con la bandera de Narciso López, reconocida como símbolo del Estado, a través de actos normativos o institucionales, pero es también símbolo de la nación, reconocida por una incuestionable mayoría de cubanos.
El Estado puede determinar cuáles son sus símbolos oficiales, establecer sus características y regular su empleo en edificios, documentos, ceremonias, unidades militares o actos públicos. Lo que el Estado no puede hacer legítimamente es regular los símbolos de la nación, porque no tiene capacidad jurídica suficiente. Su poder se agota en el ámbito estatal.
La Constitución cubana vigente identifica expresamente la bandera de la estrella solitaria como uno de los símbolos nacionales y remite a la ley la regulación de sus características, uso y conservación. El Estado no puede convertirse en dueño absoluto de todos los significados del símbolo. Tampoco puede ordenar a una persona que sienta afecto, veneración o fidelidad interior hacia él. De ahí que tanto la Constitución vigente, como la ley n.º 128/2019, ley de los Símbolos Nacionales, incurran en error de concepto. Lo correcto es que ambas normas hubiesen instituido los símbolos del Estado, o de la república, pero no de la nación.
El Estado cubano ha pretendido monopolizar el significado de los símbolos y convertirlos en instrumentos de disciplina ideológica. Los ha presentado como propiedad exclusiva de una determinada narración revolucionaria, cuando esos símbolos preceden al régimen y han sido utilizados por cubanos de ideas incompatibles entre sí. La bandera no pertenece al Partido Comunista, como tampoco perteneció exclusivamente a los gobiernos de la República, ni a los exilios. Ningún poder político puede apropiarse definitivamente de aquello que la historia ha hecho de todos.
III. Sobre su origen
La Ley n.º 128/2019, ley de los Símbolos Nacionales de la República de Cuba, establece lo siguiente:
Artículo 5. La bandera de la estrella solitaria es un símbolo de la nación y constituye la Bandera Nacional.
Fue adoptada en la Asamblea de Guáimaro el 11 de abril de 1869.
Es un emblema de lealtad, honor e inspiración en las luchas por la independencia de Cuba.
Desde un punto de vista gramatical, la frase «es un símbolo de la nación y constituye la Bandera Nacional» es prácticamente tautológica. La Constitución y el artículo 2 de la propia ley ya habían establecido ambas cosas. El artículo 5 debería comenzar directamente por la identificación jurídica de la enseña o por sus características técnicas. El origen de este galimatías linguístico está en la redacción histórica que ha tenido este artículo. La Constitución de 1940, por ejemplo, decía que la bandera nacional era la de Narciso López. Además, «constituye la Bandera Nacional» es una construcción innecesariamente aparatosa. Por otra parte, es discutible que el Estado declare, decrete, ordene, que esa bandera es un símbolo de la nación. El Estado no puede dictar pautas de conducta a la nación.
La expresión «Fue adoptada en la Asamblea de Guáimaro» es cierta, pero históricamente insuficiente y técnicamente imprecisa. Debería decir que fue adoptada como bandera de la República de Cuba en Armas. Guáimaro no era una asamblea estatal ordinaria con jurisdicción pacífica y efectiva sobre toda Cuba, sino el órgano constituyente de un movimiento insurreccional en guerra, que tampoco tenía ni el mandato ni la representación del pueblo cubano. Al omitir esa precisión, la ley proyecta retrospectivamente sobre 1868 la condición nacional y estatal consolidada varias décadas después, con claros fines de cristalización del mito fundacional, al que también endilgan el origen de los símbolos, y absoluto silencio se hace sobre su creación en el exilio de New York en 1849, pero también sobre Narciso López, por extranjero y anexionista, Ramón Pintó y Llinás, por catalán y anexionista, y Joaquín de Agüero y Agüero por revoltoso y anexionista. Y silencio también sobre el declarado anexionismo de Céspedes y de la Cámara de Representantes, ¿o por qué escogieron ese diseño? ¿Olvido, como dice Olga Portuondo?
Por último, la frase «Es un emblema de lealtad, honor e inspiración en las luchas por la independencia de Cuba» no tiene valor jurídico ninguno. ¿Lealtad a quién? ¿Honor? Si la llevaron a Cárdenas —donde además fue rendida— filibusteros bajo la promesa de unos dólares y algunos palmos de tierra, y con el propósito de instalar en Cuba la economía de plantación con mano esclava en su más cruda extensión, nada de lo cual fueron luchas por la independencia.
La historia de la bandera cubana suele presentarse mediante relatos sentimentales destinados a sustraerla del análisis. Una de las versiones más difundidas afirma que Narciso López, dormido en un parque de Nueva York, despertó, contempló los colores del cielo, una nube roja y una estrella luminosa, y recibió así una suerte de revelación providencial.
La bandera apareció dentro de un contexto político concreto. Narciso López encabezó expediciones filibusteras organizadas desde Estados Unidos que pretendían provocar una insurrección en Cuba. Su movimiento estuvo relacionado con redes anexionistas y recibió apoyo de sectores expansionistas del Sur estadounidense, interesados en la incorporación de Cuba a la Unión y en la preservación del sistema esclavista.
No todos los participantes en aquel movimiento compartían necesariamente idénticos propósitos. En torno a López coincidieron independentistas, anexionistas, aventureros, exiliados y defensores de intereses económicos y esclavistas. Sería incorrecto reducir todas esas motivaciones a una sola. Pero también sería deshonesto borrar el anexionismo, el filibusterismo y la defensa de la esclavitud de plantación del escenario en que surgió la bandera.
La enseña fue llevada a Cárdenas durante la expedición de mayo de 1850. Aquella operación no consiguió provocar el levantamiento popular esperado. Los expedicionarios ocuparon temporalmente la localidad, pero tuvieron que retirarse. La falta de apoyo suficiente a una expedición militar destruye la imagen de una población que, al contemplar la bandera, habría reconocido espontáneamente en ella su destino nacional. Ese dato debe incorporarse a nuestra memoria histórica sin maquillajes. Y si el pueblo cardenense no apoyó el levantamiento, ¿por qué la insistencia en llamar a Cárdenas «Ciudad Bandera»?
IV. Los símbolos se resignifican
Reconocer el origen de la bandera no obliga, sin embargo, a concluir que su significado actual sea exactamente el mismo que tuvo en 1850. Los símbolos no permanecen hipotecados para siempre a las intenciones de quienes los crearon. Una comunidad puede apropiarse de ellos, alterar su significado y emplearlos para representar proyectos que sus autores originales no previeron.
La bandera de López fue adoptada posteriormente por el movimiento «separatista» —que no vaciló en pedir también la anexión, en respuesta de la cual recibió la Cámara el portazo de Nora, digo de Grant—; un diseño muy elegante y único, su uso continuo en el exilio, junto con adelantos tecnológicos relacionados con la cartografía1 dieron un impulso extraordinario a la bandera, al identificarse internacionalmente con Cuba. Ya en 1868 aparece en el Johnson’s New Chart of National Emblems, publicado en Nueva York.
La bandera contiene, por tanto, una contradicción que debemos asumir. Nació vinculada a un proyecto profundamente cuestionable, pero fue incorporada después a la experiencia histórica cubana. No representa hoy únicamente a López, al anexionismo ni a los esclavistas del Sur estadounidense, pero tampoco puede ser presentada como una creación inmaculada de un pueblo unido desde tiempos remotos en torno a una misma idea de independencia que un día, de repente, decidió despertar de un misterioso letargo. Recoge una historia más complicada y contingente.
V. Dos banderas
Para el estudio de su significado propongo una bifurcación: por un lado representa oficialmente a la República de Cuba, y por otro, a la nación cubana. Son dos símbolos distintos, a tal punto que nunca podrán coincidir en un mismo objeto. Es decir, una bandera que represente al Estado cubano no podrá jamás representar también a la nación, en buena medida porque ambas representaciones tienen causas distintas: la oficial tiene su causa en la norma, en el Derecho, mientras que la representación de la nación podría decirse que resulta de la preponderancia de la sumatoria de las distintas identificaciones personales que practican los miembros de la nación. Para regular el símbolo del Estado, basta una ley, pero nadie posee autoridad para ordenar los sentimientos nacionales de los demás. Cambiar el símbolo nacional requiere cambiar lo que la bandera representa en cada miembro de la nación, y por lo tanto, la hace inmune a cualquier decreto.
Maikel Arista-Salado
La nueva historia de Cuba: Terapia de choque para una nación en ruinas
por Rolando Gallardo2
La reconstrucción del país exigirá entender que somos los herederos del colono y del mambí, del esclavista y del abolicionista, del burgués republicano y, trágicamente, de los excesos de la Revolución
Una Cuba que aspira a la reconstrucción económica y moral, tras más de seis décadas de profunda decadencia, requiere mucho más que un cambio de modelo productivo o una inyección de capital extranjero. Exige una ruptura fundamental: una terapia de choque en nuestro «yo» colectivo.
Para levantar los escombros físicos de las ciudades, primero es imperativo demoler el espejo distorsionado del adoctrinamiento estatal. La nación necesita mutar hacia una imagen realista, desprovista de la cosmética del excepcionalismo, para entender con claridad meridiana de dónde venimos, quiénes somos y por qué hemos llegado hasta aquí.
Durante más de medio siglo, la historiografía oficial cubana ha operado bajo un enfoque victimista que ha generado un trauma fundacional y paralizante. Se ha cultivado el síndrome del eterno agraviado, una indefensión aprendida que ha despojado al ciudadano de su agencia. Para que nazca la «nueva historia de Cuba», el primer paso es abandonar el cómodo refugio de la culpa ajena y asumir la responsabilidad histórica de nuestros orígenes.
El relato habitual en las aulas cubanas suele comenzar con una frase pasiva y distanciadora: «Cuando fuimos conquistados por los españoles». Bajo este mantra se ha ido gestando una programación neurolingüística enfermiza, diseñada para alinear al cubano moderno con la figura del indígena pacífico y masacrado.
Sin embargo, a la llegada de los pobladores peninsulares, la nación cubana sencillamente no existía. Las exiguas comunidades taínas, diezmadas rápidamente por las epidemias, los conflictos y el mestizaje, dieron paso a una realidad demográfica innegable: desde el siglo XVI hasta bien entrado el siglo XX, la población de la Isla se nutrió abrumadoramente de la inmigración ibérica.
El rigor histórico y la evidencia genética exigen un cambio de pronombres. No deberíamos decir «cuando los españoles llegaron a Cuba», sino «cuando nosotros llegamos a Cuba». Romper con el «ellos» para instituir el «nosotros» es un acto de adultez cívica. Por las venas del cubano actual corre la sangre aventurera de los marinos extremeños, el apego a la tierra del campesino canario y la tenacidad de gallegos y asturianos.
Hasta el más afrodescendiente de los cubanos comparte, a través del sincretismo y el mestizaje de los siglos, esa herencia ibérica.
Fuimos un territorio de España, poblado por españoles y edificado por criollos. Acabar con el victimismo de la conquista significa aceptar que debemos salir de la actual parálisis para reconstruir las villas que fundaron nuestros propios ancestros a las órdenes de Diego Velázquez.
Asumir nuestro linaje fundacional no implica justificar sus atrocidades; por el contrario, nos obliga a mirar de frente nuestros pecados originales sin escudarnos en que «otros» los cometieron. Debemos cargar con la vergüenza que amerita la triste cruz de la esclavitud, a la que sometimos a cientos de miles de africanos.
La historiografía romántica ha intentado purificar a los padres de la patria, despojándolos de sus contradicciones materiales para convertirlos en deidades de mármol. Pero la historia real es más compleja. Se omite, por incomodidad, la constante negativa de los hacendados cubanos a prescindir de la fuerza de trabajo esclava. Se silencia que los intentos anexionistas del general venezolano Narciso López, a mediados del siglo XIX, buscaban, en gran medida, la integración en Estados Unidos con el apoyo de los esclavistas sureños para proteger la institución de la esclavitud ante el abolicionismo europeo.
Nuestros próceres independentistas fueron hombres de su tiempo, atrapados en la moralidad de su clase y de su época. Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, poseyó esclavos hasta el mismo día del Alzamiento de La Demajagua, en 1868; pudo haberlos manumitido años antes, pero lo hizo cuando la guerra exigió sumar brazos al Ejército Libertador. Salvador Cisneros Betancourt, marqués de Santa Lucía y presidente de la República en Armas, retuvo a los suyos mientras el contexto se lo permitió. Incluso en la Asamblea de Guáimaro de 1869, piedra fundacional del constitucionalismo cubano, los constituyentes aún debatían acaloradamente cómo indemnizar a los tenedores de esclavos.
Bajar a estos hombres del pedestal para devolverles su humanidad no mengua su coraje al levantarse en armas contra la metrópoli, pero destruye el mito de la perfección moral absoluta. Una nación madura no necesita dioses infalibles; necesita entender las falibilidades de sus fundadores para no repetir sus cegueras éticas.
Si la relación con España ha sido falseada por el victimismo, el tratamiento del vínculo entre Cuba y Estados Unidos ha rozado el delirio. En el relato oficial, el vecino del norte siempre ha tenido oscuras y unilaterales «intenciones» de absorción, mientras la Isla desempeñaba el papel de la doncella virgen y asediada que se resistía heroicamente.
La evidencia documental muestra otra historia: una relación guiada por un pragmatismo descarnado en ambas direcciones.
Desde principios del siglo XIX, tanto Washington como La Habana —específicamente, la sacarocracia y la burguesía criolla— desearon una relación íntimamente cercana. Estados Unidos buscaba asegurar un punto geoestratégico vital en el Caribe, pero las élites cubanas anhelaban activamente la abundancia y la estabilidad que prometía el acceso irrestricto a ese mercado colosal.
A pesar de las demostrables y reiteradas solicitudes de anexión por parte de sectores influyentes en Cuba, Estados Unidos jamás anexó el país. Las razones fueron múltiples, pero entre ellas pesó lo profundamente anacrónico e incómodo que resultaba para la Unión anglosajona, blanca y protestante asimilar un estado abrumadoramente hispano, católico y con un alto componente de población negra. El prolongado y aún irresuelto estatus de Puerto Rico —que sigue esperando la estadidad más de un siglo después— es un testimonio de esa reticencia.
Es hora de desechar la historia de la novia acosada. Las motivaciones históricas de Cuba no fueron meramente defensivas; hubo un deseo pragmático, racional y soberano de integración económica. Reconocer esto desmitifica la retórica antiimperialista y nos permite analizar las relaciones geopolíticas como lo que son: transacciones de intereses mutuos, no epopeyas morales.
Uno de los mecanismos más perversos de la propaganda revolucionaria ha sido su tratamiento de los combatientes independentistas una vez terminada la guerra de 1898. Para el imaginario popular, el mambí en la manigua es el contenedor de todas las virtudes; sin embargo, en cuanto esos mismos hombres depusieron las armas y asumieron el poder republicano, la narrativa los despojó de sus colores para convertirlos en vulgares «títeres» del imperialismo o en villanos corruptos.
Esta visión tóxica y perfeccionista ignora las complejidades de construir un Estado moderno desde las cenizas de una guerra devastadora. Desde Tomás Estrada Palma —hombre de la más absoluta confianza de José Martí y primer presidente de Cuba— hasta Federico Laredo Brú, quien sancionó la vanguardista Constitución de 1940, pasando por la figura trágica de Gerardo Machado, todos fueron veteranos independentistas. Su transición de héroes a gobernantes estuvo plagada de errores, ambiciones desmedidas, clientelismo y dictaduras, pero también de modernización acelerada, logros arquitectónicos, desarrollo de la sociedad civil y crecimiento económico.
La historia republicana —1902-1959— fue indudablemente accidentada, pero merece una revisión justa. El objetivo del relato oficial al satanizar esos 57 años ha sido construir una premisa falsa: hacer parecer que la nación era un caos inhabitable que solo podía ser redimido por el desastre de 1959.
Resulta tétrico y profundamente doloroso para el alma nacional reconocer que la causa del actual estado de ruina —el colapso de la infraestructura, el éxodo masivo, la pobreza sistémica y la asfixia de las libertades— fue vendida al mundo y a los propios cubanos como un acto de salvación pública. La Revolución de 1959, que surgió como respuesta al golpe de Estado de Fulgencio Batista en 1952, terminó por secuestrar los anhelos democráticos de la nación para imponer un totalitarismo de Estado.
Llegará el momento en que, pasada la euforia de una futura refundación, la etapa de la dictadura castrista deba ser mirada también con justeza historiográfica. En medio de los escombros actuales es difícil avistar matices, pero el rigor intelectual nos exigirá en el futuro analizar cómo una sociedad entera sucumbió, colaboró o fue silenciada por el experimento socialista.
La reconstrucción de Cuba no puede basarse en cambiar un mito por otro. Exigirá asumir nuestra historia completa, sin amputaciones por conveniencia política. Exigirá entender que somos los herederos del colono y del mambí, del esclavista y del abolicionista, del burgués republicano y, trágicamente, de los excesos de la Revolución.
Acabar con el victimismo a las puertas de un cambio inminente mostrará el verdadero espíritu de la Cuba nueva. Solo abandonando el relato de la culpa eterna podremos desarrollar el carácter cívico necesario para limpiar los escombros, labrar la tierra y volver a edificar una nación que asuma su destino con las manos abiertas y la mirada limpia.
Johnson y Colton pertenecen a la cultura cartográfica comercial estadounidense del siglo XIX: Colton fue uno de sus editores más influyentes, especialmente por sus mapas ferroviarios, atlas y guías de expansión territorial, mientras que Johnson, inicialmente vinculado al circuito de Colton, popularizó atlas ilustrados de uso doméstico y escolar entre 1860 y 1887. El New Chart of National Emblems de Johnson no parece haber sido enteramente nuevo en 1868, pues versiones anteriores circularon ya hacia 1863-1864 dentro de su New Illustrated Family Atlas; su novedad relativa consistió más bien en adaptar al mercado atlasístico estadounidense una convención europea —las láminas de banderas y emblemas nacionales—, actualizándola conforme cambiaba el mapa político y visual del mundo. Véanse Library of Congress, Johnson’s New Chart of National Emblems; Johnson U.S. Map Project; David Rumsey Map Collection; Geographicus, entradas sobre las ediciones de Johnson de 1864 y 1868.
Publicado originalmente con el título La nueva historia de Cuba: Terapia de choque para una nación en ruinas, en 14ymedio el 21 de junio de 2026.






