N.º 90 - Dubito ergo Cogito ergo Sum
del hispanismo de reacción a uno con fuste
Esta exigencia es todavía más importante cuando se habla de Cuba. La historia cubana ha sido narrada durante más de un siglo desde una matriz separatista que convirtió la ruptura con España en destino inevitable, el mambisado en arquetipo moral de la nación y la continuidad española en una forma de atraso, servilismo o extranjería. Frente a esa construcción, no basta responder que «todo fue culpa de Inglaterra», «todo fue culpa de la masonería» o «todo fue una conspiración contra España». Esa respuesta puede contener fragmentos de verdad, pero no alcanza el núcleo del problema.
La defensa de la Hispanidad ha cumplido una función necesaria en nuestro tiempo: romper el monopolio de la leyenda negra, recuperar la autoestima histórica y recordar que la obra española en América no puede ser reducida a una caricatura de violencia, atraso y opresión. Esa reacción era inevitable. Durante demasiado tiempo, el mundo hispánico fue educado en la sospecha de sí mismo, en la vergüenza de su pasado y en la aceptación pasiva de relatos fabricados por sus adversarios políticos, religiosos, comerciales e imperiales. Frente a esa mutilación de la memoria, el primer gesto fue levantar la cabeza.
Pero una causa histórica madura no puede quedarse en la reacción. Reaccionar es necesario; no basta. La Hispanidad no se defiende bien con consignas, ni con frases de sobremesa, ni con explicaciones totales que reducen procesos complejos a tres enemigos permanentes: Inglaterra, la masonería y la traición interna. Esos factores existieron, desde luego. Inglaterra tuvo intereses geopolíticos, comerciales y navales contrarios a la continuidad hispánica. La masonería operó como espacio de sociabilidad, circulación ideológica y articulación política en distintos momentos del ciclo revolucionario atlántico. Hubo también élites locales que actuaron contra la unidad del mundo hispánico, por ambición, cálculo, resentimiento o interés de clase. Negar todo eso sería ingenuo.
Cuando todo se explica por Inglaterra, dejamos de estudiar la estructura interna de la Monarquía, sus reformas, sus tensiones fiscales, sus conflictos territoriales, la crisis de representación, el impacto de la invasión napoleónica, la debilidad institucional posterior y la transformación del comercio atlántico. Cuando todo se explica por la masonería, se abandona el análisis de las ideas políticas, de las redes familiares, de los intereses económicos, de las rivalidades regionales, de la guerra, del constitucionalismo y de la disputa por la soberanía. Cuando todo se explica por la traición, desaparece la historia y solo queda una moralización elemental del pasado.
Ese hispanismo de reflejo, nacido contra la leyenda negra, corre el riesgo de construir una leyenda inversa. Y una leyenda inversa no repara la verdad; solo cambia el signo de la propaganda. La leyenda negra decía: España fue excepcionalmente cruel, atrasada y depredadora. La leyenda rosa responde a veces: España fue casi impecable, generosa y civilizadora en todo. Ninguna de las dos posiciones sirve. La primera es falsa por demonización; pero la segunda también idealiza y debilita el argumento. Una presunta defensa de España necesita comenzar por conocerse a si misma, tarea tan difícil que sólo se logra en el contraste de ideas. Y ese contraste traerá borrascas de éxitos, y ventiscas de polvo. Lo bueno y lo malo que forman ese pozo común del que todos bebemos.
La obra española en América fue una construcción jurídica, institucional, religiosa, lingüística, urbana, universitaria, municipal y civilizatoria de enorme densidad. Esa afirmación es suficientemente fuerte como para no necesitar adornos, y aun así, no basta con solo proclamarlo. Exige la onerosa carga de la prueba.
Ese hispanismo de reacción necesita fuste. Tener fuste no significa hablar con más solemnidad. Significa tener columna vertebral intelectual. Significa conocer las fuentes, distinguir períodos, manejar conceptos, evitar anacronismos, comparar instituciones y entenderlas, y no confundir emoción con argumento. Cada palabra arrastra un mundo jurídico y político. Usarlas sin criterio rector debilita la causa. Significa saber cuándo se habla de Monarquía Católica, de reinos de Indias, de provincias de Ultramar, de ciudadanía o de naturaleza y que lejos de rechazarlos, necesitamos sabernos herederos de toda esa tradición, para bien y para mal. Por eso, si la defensa de la Hispanidad quiere dejar de ser una comunidad de reacción y convertirse en una fuerza cultural e institucional, tiene que cambiar de método. Ese cambio no exige abandonar la pasión, pero sí pide a gritos introducir la carga probatoria estricta.
El orgullo histórico es legítimo cuando nace del conocimiento. La emoción patriótica puede ser fecunda cuando empuja al estudio. La indignación contra la leyenda negra puede ser útil si conduce a la biblioteca, al archivo y al trabajo intelectual. Lo que no puede hacerse es sustituir la investigación por un catálogo de culpables prefabricados. Inglaterra tuvo su papel; no fue la causa de todo. La masonería tuvo su influencia; no fue una maquinaria omnipotente que explica por sí sola la desmembración del mundo hispánico. Las élites locales tuvieron relación directa; pero esa relación debe estudiarse dentro de estructuras políticas, económicas y sociales concretas, con el rigor científico que ha menester. El mismo rigor que ha de exigirse a los que, de manera irresponsable y acrítica, hablan de «una derrota pactada», o de «un hito en la gran traición» para referirse a 1898, o sugieren que el hispanismo está «contaminado de Ilustración y masonería». Y son voces relevantes en buena parte de la comunidad.
El hispanismo que a mi juicio necesitamos debe ser capaz de sostener, entre otras, dos verdades al mismo tiempo. La primera: la leyenda negra ha deformado profundamente la imagen de España y de su obra americana. La segunda: esa deformación no se derrota con simplificaciones de signo contrario, sino con una lectura más exigente de la historia. Solo una defensa sobria puede ser duradera. Solo una defensa documentada puede llegar a la universidad, a los tribunales, a los parlamentos, a los archivos, a los ministerios y a la opinión pública culta. Lo demás puede servir para animar una reunión; no sirve para fundar una doctrina.
Esta exigencia es todavía más importante cuando se habla de Cuba. La historia cubana ha sido narrada durante más de un siglo desde una matriz separatista que convirtió la ruptura con España en destino inevitable, el mambisado en arquetipo moral de la nación y la continuidad española en una forma de atraso, servilismo o extranjería. Frente a esa construcción, no basta responder que «todo fue culpa de Inglaterra», «todo fue culpa de la masonería» o «todo fue una conspiración contra España». Esa respuesta puede contener fragmentos de verdad, pero no alcanza el núcleo del problema.
El núcleo del problema es demostrar que Cuba no fue una exterioridad colonial separada del cuerpo histórico español, sino un territorio de Ultramar integrado en un orden jurídico, político y social determinado; que los naturales de Cuba no eran extranjeros frente a España; que participaron en estructuras civiles, militares, administrativas, judiciales, eclesiásticas, nobiliarias y parlamentarias; y que la ruptura de 1898 produjo consecuencias jurídicas concretas, entre ellas la desnaturalización impuesta por el artículo IX del Tratado de París. Ese argumento no se sostiene con lugares comunes. Se sostiene con derecho, historia institucional y prueba documental.
Por eso el hispanismo cubano debe aspirar a una forma superior de intervención pública. No debe avergonzarse de combatir la leyenda negra, pero tampoco debe quedar preso de una retórica defensiva y repetitiva. Su tarea no es fabricar una mitología de reemplazo, sino reconstruir una continuidad histórica ocultada, degradada o manipulada. Esa tarea exige rigor, porque cuanto más seria sea la reclamación, más hostil será el examen al que será sometida.
La madurez de una causa se mide por su capacidad para corregirse a sí misma. El hispanismo que no tolera matices se debilita. El hispanismo que confunde crítica con traición se encierra. El hispanismo que necesita héroes puros y enemigos absolutos termina pareciéndose demasiado a los relatos que combate. En cambio, un hispanismo con fuste puede defender a España sin convertirla en ídolo; puede denunciar la propaganda antihispánica sin caer en paranoia; puede reconocer errores sin entregar la tesis central; puede discutir con adversarios sin rebajarse a la consigna.
La cuestión, entonces, no es abandonar al público que llegó a la Hispanidad por indignación, intuición o reacción emocional. Ese público es valioso. Muchos han llegado primero por una frase, un video, una bandera, una celebración o una refutación sencilla de la leyenda negra. No hay que despreciar ese punto de partida. Hay que darle continuidad. Hay que decirle: esto que has intuido es importante, pero ahora hay que estudiarlo; esta emoción que has sentido es legítima, pero ahora hay que darle forma; esta causa que has abrazado merece más que consignas.
El paso siguiente es convertir la reacción en formación. Y después, la formación en institución.
Ese debe ser el horizonte: un hispanismo capaz de producir libros, seminarios, archivos digitales, cursos, repertorios documentales, estudios jurídicos, investigaciones genealógicas, ediciones críticas, expedientes probatorios y estrategias de intervención pública. Un hispanismo que no dependa de la repetición acrítica de los tres mismos culpables, sino de una comprensión entera y más sosegada del proceso histórico. Un hispanismo que pueda hablar a un público general sin embrutecer el argumento, y que pueda hablar a la academia sin perder su razón moral.
Salud y gracias a todos,
Maikel Arista-Salado

