N.º 78 - ¡Gloria al bravo Trump!
refutación al artículo del señor Marcelino Lastra
Es verdad que uno no tiene que tener una opinión sobre cuanto acontece en el mundo. Es verdad también, como me decía mi abuela, «calladito te ves más bonito», pero a veces hay que hablar, y hay que alzar la voz, porque el silencio se vuelve complicidad, y porque si quiero «ser justo», como manda mi moto, y si yo espero tocar el corazón de quienes me leen (por improbables que fueren esos lectores), también debo ser capaz de la empatía, y del sentido común, pero sobre todo porque es un tema que no me es tan ajeno. Así que aquí va, y que salga el sol por do saliere.
En los círculos hispanistas se ha condenado la captura del terrorista, narcotraficante, dictador, y asesino de Nicolás Maduro, y de su esposa, otra que bien baila. Uno de esos artículos ha sido escrito por Marcelino Lastra. Lo pueden consultar aquí.
Marcelino Lastra intenta ganar el argumento con una jugarreta retórica: instala la idea de que la diferencia “fundamental” entre el chavismo y el régimen anterior sería, en esencia, una diferencia porcentual entre indicadores económicos. Ese encuadre es un reduccionismo peligroso —por no decir doloso— porque borra aquello que define a un régimen autoritario: la violencia política sistemática y la negación organizada de la agencia ciudadana.
El artículo del señor Lastra pivota en tres ideas esenciales: que el chavismo se condena (o se «explica») casi exclusivamente por el deterioro de unos índices socioeconómicos comparados con 1998; que María Corina Machado no es una dirigente política con agencia propia y respaldo real, sino un icono «fabricado» por el exilio y funcional a una intervención extranjera; y que Trump, aun cuando ejecuta el golpe decisivo, queda moralmente inhabilitado porque arrastra la «culpa heredada» de prácticas sucias de administraciones anteriores. Un truco sucio es querer desplazar el juicio sobre la tiranía desde la represión, la tortura, el fraude y la negación sistemática de la voluntad popular hacia un debate de porcentajes y coherencias morales ajenas; y así, al desacreditar simultáneamente al régimen caído, a la principal líder opositora y al actor externo que lo derriba, el lector termina sin héroes, sin legitimidades y, casualmente, solo con una consigna huérfana: «unidad hispana», sin programa. Este artículo del señor Lastra es un insulto a cualquiera que pueda hacer memoria elemental.
Los números importan. Pero cuando se usan para desplazar el aspecto humano, huele raro… El chavismo no es, ante todo, un problema de «índices fríos». Es un aparato de coerción. Y eso no es un eslogan: es lo que describen, con nombre y apellido, mecanismos internacionales de investigación. La Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos de la ONU, creada por el Consejo de Derechos Humanos, ha documentado patrones de detenciones arbitrarias, tortura, desapariciones de corta duración, violencia sexual y un plan coordinado para silenciar a críticos y opositores.
Omitir esto es ser consciente de una complicidad sospechosa con fuerzas que no respetan derechos humanos.
Hablemos del Helicoide, por ejemplo, no como metáfora literaria, sino como un lugar que aparece recurrentemente en denuncias de malos tratos y tortura vinculadas al aparato de inteligencia. Usted puede discutir matices, contextos y responsabilidades individuales, pero no puede barrer el tema debajo de la alfombra y pretender que la discusión central es cuánto subió o bajó un indicador.
Tampoco menciona la represión letal, la violencia política, la persecución persistente, el encarcelamiento arbitrario como forma de gobierno. Ese silencio no es neutro. Y cuando se reordenan prioridades así, el lector termina creyendo que el problema principal de Venezuela es una cuestión de «gestión» y no un elemento estructural del sistema, enquistado a sangre y fuego. Pasar eso por alto es muy peligroso.
Luego está el éxodo. Si quiere un dato duro —ya que tanto le gustan— aquí está el más demoledor: el número de refugiados y migrantes venezolanos ronda los 7,9 millones, según datos consolidados por gobiernos y recogidos por ACNUR. Eso no es un «indicador económico» más. Millones no abandonan su país por una discusión académica sobre modelos productivos. Se van cuando el Estado deja de ser el hogar natural de esas personas, cuando se vuelve hostil.
Otro punto grave de su enfoque es lo que insinúa. Sugerir que la celebración masiva de la caída de Maduro sería señal de «confusión» popular es de una bajeza especialmente perversa: disminuye a los venezolanos, los infantiliza y les arrebata su agencia política, como si la libertad solo pudiera ser interpretada por analistas iluminados. No, señor Lastra. La agencia es consustancial al ser humano. Un pueblo que ha vivido persecución, censura, cárcel, hambre, familias rotas y exilio no «se confunde» cuando celebra el fin de un tirano. Negarle esa capacidad es repetir, con otro tono, la misma lógica paternalista de los regímenes que se creen dueños del país con aquello de que «el pueblo no entiende».
¿Y qué pasa con el fraude electoral para enmascarar la voluntad popular? Usted, señor Lastra, tiene todo el derecho de estar en las antípodas políticas de la oposición venezolana, como es evidente que lo está, pero no reconocer ese triunfo electoral demuestra que anida en usted un profundo desprecio por la democracia, que no tiene nada que ver con ser de izquierdas o de derechas, de arriba, de abajo o del costado.
María Corina Machado no es una figura decorativa. Fue el rostro más visible de una estrategia opositora centrada en una elección en condiciones muy adversas, y aún así esa mujer logró demostrar el fraude obsceno del gobierno. ¿O me va a decir usted, señor Lastra, que también las actas son huecas? Tras las presidenciales de 2024, el Centro Carter afirmó que esa elección no cumplió estándares internacionales de integridad y que no podía considerarse democrática, al subrayar la falta de publicación de resultados desagregados por mesa, como una ruptura grave de principios electorales elementales. En paralelo, Associated Press reportó que un grupo independiente de expertos electorales legitimó las actas presentadas por la oposición como prueba de la derrota de Maduro, y análisis periodísticos basados en esas actas pusieron en duda los resultados oficiales. WOLA, por su parte, describió el proceso en un entorno de condiciones injustas y cierre del espacio cívico.
¿O es que vamos a desconocer así, de manera tan grosera, la voluntad popular?
Usted puede discrepar de líderes opositores, de estilos, de coaliciones. Pero despreciar la evidencia y, peor, despreciar al pueblo que se aferra a esa evidencia para defender su voto, es de un cinismo mayúsculo, tanto más cuando viene disfrazado de razonamiento.
Ahora bien, sobre el episodio que enmarca su artículo —la caída y captura de Maduro— hay una discusión seria que conviene no simplificar. Reuters reportó la detención y el traslado a Nueva York, y también el debate internacional sobre la legalidad del operativo, incluso en el marco de Naciones Unidas. Yo no tengo problema en reconocer el dato político: millones respiraron aliviados y celebraron. Y sí: gracias, presidente Trump, por haber puesto el capital político sobre la mesa cuando tantos prefieren la prudencia cómoda. Pero una cosa es agradecer el desenlace y otra canonizar cualquier método como si la fuerza, por sí sola, fuera legitimidad. Precisamente porque yo pienso en Cuba —y en cualquier tiranía como la iraní— conviene recordar no se trata aquí de legitimar el uso de la fuerza, sino que éste debe tener un sustrato doctrinal, una evidencia sólida, y en el caso de las tiranías mencionadas, es abrumadora.
Por último, su solución «hispanista». Aquí coincido con una crítica esencial: es, como mínimo, éticamente cuestionable proponer el hispanismo como salida cuando carece de programa político. Sin instrumentos, plazos, alianzas y mecanismos verificables, el hispanismo no pasa de ser una construcción estética, y aquí voy un poco más allá: usted, señor Lastra, que lleva no sé ni cuántas décadas supuestamente en el hispanismo, ¿con cuánta doctrina hispanista ha contribuido usted? Si la unidad iberoamericana es su horizonte, perfecto: escriba el plan. Cooperación consular y documental; recuperación de activos y anticorrupción transnacional; garantías electorales mínimas; protección regional del asilo y del refugio; reconstrucción institucional gradual. Sin eso, su «unidad» es una palabra bonita para encubrir vacío. Y lo peor: con una espantosa tranquilidad normalizamos esa vacuidad… y esa mediocridad.
Este artículo sí lo escribo para defender la democracia y los derechos humanos. Claro que sí. Lo escribo para defender la libertad; pero sobre todo la dignidad humana de quienes viven bajo regímenes totalitarios. Si su análisis reduce Venezuela a números, mi respuesta es que los venezolanos, que en su inmensísima mayoría están muy felices de no tener al Bigotes pistolero en Miraflores, no son estadísticas, son personas, privadas por casi tres décadas de esa libertad hueca. Yo me fui de Cuba hace casi veinte años y me encanta la libertad hueca, es más de lo que tenía.
Gracias a todos,
Maikel Arista-Salado


